FICHAS DE CÁTEDRA (Historia)



El concepto de flujo televisivo en Raymond Williams

Ficha de estudio para las cátedras Cultura y comunicación e Historia de la comunicación, elaborada por la Dra. María Marta Luján
Fuente: Williams, Raymond, Televisión: Tecnología y  forma cultural. Buenos Aires: Paidós, 2011
Privatismo móvil
En sus estudios sobre comunicación, Williams enfatizó la subordinación de la tecnología al contexto social de su puesta en práctica, lo cual constituye un factor determinante en el empleo que se le asigna. Para él, la tecnología es dependiente de la compleja textura social y política del mundo en el cual surge.
Desde su perspectiva, Williams nos revela que resulta imposible realizar cualquier análisis serio de un hecho cultural (en este caso la TV), sin alcanzar previamente un conocimiento cabal acerca de cuál es su deber histórico. Hace casi cuatro décadas, nos advertía acerca del desarrollo futuro de la TV, y si bien éste estaba atado a la tecnología, no podía explicarse sólo por ella.
Williams repudia toda forma de determinismo tecnológico. Rechaza los argumentos que afirman que las tecnologías tienen vida propia, que emergen de un proceso de investigación y desarrollo inmaculado, no alcanzado por las expectativas sociales ni los intereses políticos y económicos. Rechaza de manera igualmente enérgica los argumentos que sostienen que las tecnologías por sí mismas pueden determinar una respuesta social, que tienen efectos y consecuencias determinantes, resistentes a las complicaciones e incertidumbres de la sociedad y de la historia. En otras palabras, rechaza la idea de caracterizar a la televisión como una tecnología, sin más. No puede reducírsela únicamente a eso.
Como antes habían aparecido el telégrafo, el teléfono y la radio, la TV surgió como una respuesta tecnológicamente sintética a un conjunto de novedosas y radicales necesidades sociales, políticas y económicas emergentes.
La industrialización y la modernización habían creado nuevas demandas y nuevos desafíos: exigencias de orden, de control y de comunicación. Las máquinas que en principio se idearon y desarrollaron para dar respuestas singulares a exigencias principalmente militares e industriales (la administración de los imperios y de los ferrocarriles) terminarían desarrollándose de maneras inesperadas en aplicaciones sociales y civiles.
Hacia las primeras décadas del siglo XX, asistimos a un mundo de creciente individualización, atomización y fragmentación; de corrientes de desplazamiento estructural de las poblaciones del campo a la ciudad y desde la ciudad hacia los suburbios; de los movimientos diarios de la fuerza laboral desde los hogares privados hasta los lugares de trabajo públicos. La radio y la televisión, movilizadas dentro de una dialéctica de aislamiento y participación, crearon e hicieron posible el “como si” de una sociabilidad mediada dentro del marco de la comunicación. La distancia entre los ciudadanos y los centros de decisión empezaron a resolverse representativamente, a través de los medios de masas.
Socialmente, estos artículos se caracterizan por las dos tendencias aparentemente paradójicas, y sin embargo profundamente conectadas entre sí del estilo de vida industrial urbano moderno: por un lado, la movilidad y, por el otro, el hogar familiar, que parecía más autosuficiente.
El período inicial de la tecnología pública, cuyos ejemplos más evidentes son los ferrocarriles y la iluminación urbana, estaba dando paso a un nuevo tipo de tecnología, la tecnología que servía a un estilo de vida móvil y al mismo tiempo centrado en el hogar: una forma de privatización móvil, consumo en el hogar según condiciones privadas de recepción. La radiodifusión, en su forma aplicada, fue un producto social de esta tendencia distintiva.
En realidad, las presiones contradictorias de esta fase de la sociedad capitalista industrial se resolvieron, en cierto nivel, mediante la institución de la radiodifusión. Con respecto a la movilidad, ésta era solo en parte el impulso de una curiosidad independiente: el deseo de salir y ver nuevos lugares. Esencialmente, era un impulso surgido del derrumbe  y la disolución de tipos más antiguos de asentamientos y los trabajos productivos. Los nuevos y crecientes asentamientos y organizaciones industriales exigían, en primera instancia, una mayor movilidad interna, a lo que se sumaron las consecuencias secundarias de la dispersión de las familias extendidas y las necesidades de nuevas clases de organización social.
La familia era ahora nuclear, y era capaz de desplazarse hacia los centros industriales. Los procesos sociales implícitos durante largo tiempo en la revolución del capitalismo industrial se estaban intensificando a gran velocidad, especialmente la creciente distancia entre las zonas inmediatas de viviendas y los lugares de trabajo y gobierno; las condiciones sociales y económicas mejoraron y el resultado fue un mayor énfasis en el mejoramiento del pequeño hogar familiar. El hogar era, simultáneamente, un logro efectivo y una respuesta defensiva. Sin embargo, esta privatización conllevó, como consecuencia, una necesidad imperativa de nuevos tipos de contacto. Los nuevos hogares podían parecer privados y “autosuficientes”, pero sólo era posible mantenerlos mediante ingresos y  suministros obtenidos de fuentes externas. Esta relación creó la necesidad y también la forma de un nuevo tipo de comunicación: noticias llegadas de afuera, de fuentes de otro modo inaccesibles. La radio hacía posible un nuevo tipo de aporte social: noticias y entretenimientos llevados hasta el hogar, estableciendo la mencionada dialéctica entre el aislamiento y la participación (los muros se refuerzan y desintegran).
Así, vemos que en el modelo de teledifusión amplia se daban, a través de la radio y la TV, y simultáneamente,  transmisión centralizada y recepción privatizada.


Flujo televisivo
Una de las contribuciones más importantes de Raymond Williams a la teoría de la comunicación, es la que podemos llamar la “teoría del flujo”; Williams entiende el flujo no sólo como esos segmentos que se ven en los hogares sino, fundamentalmente, el significado potencial de sus relaciones discursivas.
En Televisión: Tecnología y forma cultural,  Williams afirma que en todos los sistemas desarrollados de televisión, la organización característica, y por lo tanto la experiencia característica son una secuencia o flujo. Esta característica de flujo planeado es, quizás, la característica que define la televisión, simultáneamente como tecnología y como forma cultural. En todos los sistemas de comunicación, antes de la televisión, los temas esenciales eran discretos. Un libro o panfleto se tomaba y leía como un tema específico. Una reunión se celebraba en un lugar concreto y en una fecha determinada. Una obra se representaba en un teatro concreto a una hora establecida. La diferencia no reside sólo en que estos acontecimientos parecidos se pueden obtener dentro del hogar, con sólo apretar un botón, sino que el programa real que se ofrece es una secuencia o un conjunto de secuencias alternativas de éstos u otros acontecimientos parecidos, que están disponibles en una única dimensión y en una única operación.
Williams sugiere que las emisiones de TV conducen, por norma, a una experiencia concreta de la audiencia. La televisión es una recepción tecnológica y una forma cultural conformada por distintos segmentos heterogéneos de la que ella parece darnos la ilusión de su  homogeneidad.
La lectura y la interpretación que hace Williams de la TV estuvo inspirada quizás, de manera decisiva, por una noche que pasó en Miami y un año en Stanford. Allí, Williams desarrolló su teoría, desconcertado por el flujo de la televisión estadounidense, un flujo en el que un programa se amalgamaba con otro, los anuncios publicitarios se enhebraban de manera imperceptible a través del libreto de las telenovelas, y los avances de un film constituían una especie de subtexto invasor para el desarrollo del otro.
Los modos de informar, la interrogación, la visualización y la dramatización que desplegó la televisión proporcionaron una cultura pública completamente distinta de cualquier otra que hubiera existido antes. Por supuesto, la televisión tomó prestadas muchas de esas formas de otros medios. Los noticieros, las obras teatrales, las entrevistas, los programas educativos, los programas de variedades, todos tenían sus precursores. Pero Williams se esfuerza en señalar el carácter distintivo y novedoso de la televisión, sobre todo, tal vez, en la manera de centrarse directamente y aproximarse a los aspectos corrientes de la vida cotidiana. La televisión ofrece una forma tecnológica e institucionalmente discreta de presentar la cultura y expresar sus contenidos, una forma que sólo puede entenderse en un contexto determinado y sobre todo, como una expresión de fuerzas sociales, políticas y económicas más amplias.
El flujo o continuidad inextinguible de la televisión consiste en la estratificación  de los discursos propia de la TV; ésta es incesante y eterna; no nos invita a mirar un programa puntual, aunque a veces lo hagamos. Miramos televisión: su flujo continuo; escuchamos la yuxtaposición excéntrica y repetitiva de noticieros, anuncios publicitarios y avances de programas, todo en un continuo igualmente ininterrumpido e igualmente naturalizado a través de un flujo eterno, inconexo y sin una secuencia lógica.

Publicidad

Williams le adjudica a la publicidad (“arte oficial del capitalismo”) un rol crucial en el desarrollo de este formato. El carácter “comercial” de la TV debe examinarse en varios niveles: como la realización de programas para obtener ganancias en un mercado conocido, como un canal para transmitir publicidad y como una forma política y cultural directamente modelada por las formas de una sociedad capitalista y dependiente de ellas, que vende tanto los bienes de consumo como un “estilo de vida” basado en ellos, en una escala de valores generada localmente por los intereses capitalistas y las autoridades del país, y organizada internacionalmente como un proyecto político por el poder capitalista dominante; se ha creado un mercado en el cual el entretenimiento, la publicidad y la influencia política y cultural, vienen juntos, en un único paquete.
El auspicio de los programas por parte de los anunciantes tiene un efecto que va más allá del anuncio separable y la recomendación de una marca. Como fórmula de comunicación, es un modo intrínseco de establecer prioridades. Un noticiero internacional presentado por cortesía de un dentífrico no es mirar elementos separables, sino mirar la forma que propone el modelo cultural dominante. La inserción de los anuncios comerciales en programas sin auspicio general es una fórmula diferente; ha tenido efectos extraordinarios en la TV como experiencia secuencial y ha creado ritmos visuales totalmente nuevos; se debe mirar este tipo de TV como una secuencia en la cual los anuncios publicitarios son parte integrante del programa y no como un programa interrumpido por anuncios comerciales. A causa de las características secuenciales e integradoras de la TV, esta relación orgánica entre los anuncios comerciales y los demás  materiales es mucho más evidente que en cualquier otro momento de los sistemas de publicidad anteriores.
La innovación decisiva se ha producido en los servicios financiados por publicidad comercial. Los intervalos entre las unidades de programas eran los lugares obvios para insertar los anuncios publicitarios. En la TV comercial británica se había establecido específica y formalmente que los “programas” no debían interrumpirse con anuncios comerciales que sólo podrían incluirse en las “pausas naturales”; en la práctica, por supuesto, esto nunca se cumplió y ni siquiera hubo intención de cumplirlo. Una “pausa natural” llegó a ser cualquier momento de inserción conveniente. Los programas de noticias, las obras de teatro y hasta las películas que habían sido exhibidas en los cines como presentaciones completas específicas comenzaron a sufrir las interrupciones de los anuncios publicitarios. En la TV estadounidense este proceso fue diferente: los programas patrocinados incorporaron la publicidad desde el principio, desde la concepción inicial, como parte del paquete completo. Pero hoy es evidente, tanto en la TV comercial británica como en la estadounidense que, aunque la noción de “interrupción” aún conserva una fuerza residual de un modelo más antiguo, se ha vuelto inadecuada. En los términos anteriores, lo que se ofrece no es un programa de unidades separadas con inserciones particulares, sino un flujo planificado, en el cual la serie verdadera no es la secuencia publicada en el horario de programación sino esta secuencia transformada por la inclusión de otro tipo de secuencia, la publicidad, de modo tal que esas secuencias reunidas componen el flujo real, la verdadera “difusión amplia” o broadcasting.

Autorreferencialidad

Progresivamente, una nueva secuencia se ha agregado, tanto en la TV pública como en la comercial: o bien los avances de los programas que se transmitirán más tarde ese mismo día o unos días después, o bien la enumeración de las noticias que se ampliarán luego. Esta táctica se ha intensificado por las condiciones de competencia, pues para los planificadores de los canales cada vez tiene más importancia retener a sus televidentes, “captarlos”, durante toda la secuencia de la velada.
Es evidente que lo que hoy se llama “una velada ante el televisor” es algo, en cierto sentido, planeado, por los proveedores y también por los telespectadores, como un todo que, en cualquier caso, está planificado en secuencias discernibles que, en este sentido, se imponen a las unidades de programa particulares. Cada vez que hay competencia entre canales de TV, esto se convierte en una cuestión de preocupación consciente: atrapar a los espectadores a comienzos del flujo.
Por supuesto que hay casos en que la gente puede seleccionar conscientemente otro canal u otro programa o directamente apagar el TV. Pero el efecto del flujo está suficientemente difundido para constituir uno de los principales elementos de la política de programación. Y esta es la razón inmediata de que aumente constantemente la frecuencia de los avances de programación. En la TV estadounidense hasta existe una expresión para designar el proceso, move along, en el sentido de “continuar juntos”, para sostener los que se concibe como una especie de lealtad al canal que se está viendo.
La mayoría de nosotros  dice “mirar televisión” en lugar de “mirar el noticiero” o “ver un partido de fútbol” en la televisión.
Esta autorreferencialidad propia del flujo televisivo puede ser leída como una mirada profética de Williams: pensemos en nuestra TV, en la que muchos programas giran, se alimentan y retroalimentan en torno a lo  sucedido en otro programa como  “Bailando por un sueño”. Los comentarios remiten una y otra vez a ese show eje y lo promocionan.
Asimismo, casi todos hemos vivido la experiencia muy difundida, aunque a menudo admitida con pesar, de que nos cuesta apagar el televisor. Repetidamente descubrimos que, aún cuando lo encendimos con la intención de mirar “un programa” determinado, nos hemos quedado mirando el siguiente y luego el siguiente. La manera en que está organizado hoy el flujo, sin intervalos definidos, en todo caso, promueve esta actitud. “Nos enganchamos” fácilmente con algún otro programa antes de haber reunido la energía para levantarnos del sillón, y muchos programas están concebidos con la idea de esta tendencia: capturar la atención en los primeros momentos y reiterar la promesa de que, si nos quedamos a mirar, veremos cosas emocionantes.
El flujo está siempre disponible, en varias secuencias alternativas, con sólo oprimir el botón.
Así, tanto internamente en su organización inmediata, como en su condición de experiencia generalmente disponible, esta característica de flujo es central para pensar la TV.

Es interesante que, cuando estudiemos Internet como nueva modalidad comunicativa, analicemos esta lógica del flujo en la red, pero estableciendo dos diferencias cruciales entre los medios: el tipo de difusión, centralizada/descentralizada y el tipo de recepción  generalizada/interactiva. En Internet, el receptor-operador, discontinuará el flujo, será él el que lo planificará, no la Institución mediática. Lo cual no significa, de ninguna manera, que en Internet no haya incursión  de la publicidad

Posición crítica y propuesta política en relación al uso de la Televisión

En el texto citado, Williams realiza el estudio de un uso concreto del medio televisión, y se preocupa por ofrecer una mirada crítica, registrando éxitos e identificando los fracasos de la televisión,  con la esperanza de la creación de un medio superador.
Su análisis no apunta a cosificar la televisión, sino a indicar una particular institucionalización de la cultura, la forma cultural a la que se refiere el título del libro; y, si bien la forma que identifica Williams es claramente una dimensión establecida e impuesta de televisión, no necesariamente ésta debe permanecer como característica esencial del medio. Si así fuera ¿qué nos queda por hacer o decir? La crítica de Williams está basada en su creencia fundamental en la efectividad de la capacidad de la acción humana: nuestra capacidad de desbaratar, desviar e interceptar lo que de otro modo sería la fría lógica de la historia y la unidimensionalidad de la tecnología; Cree que los seres humanos perturban o pueden perturbar el despliegue aún incompleto de la televisión. Las tecnologías –afirma- pueden constreñir pero no determinar.
El camino que sigue el desarrollo de la televisión está marcado por intereses competitivos, por las luchas por el sentido y por las ilimitadas consecuencias involuntarias de la acción humana. Pero la televisión ofrece, para Williams, formas alternativas de expresión y comunicación, no solo porque es por definición una formación social y está estructurada para ajustarse al mosaico de la vida social cotidiana, sino además porque las nuevas tecnologías continúan ofreciendo oportunidades de crear otras formas de expresión individual y, sobre todo, de expresión política, que por momentos escapen al control de las corporaciones transnacionales o al poder de los magantes de los medios.
Si bien en el texto son fundamentales el concepto de privatismo móvil y el análisis del flujo, es importante destacar que el mismo ofrece una postura ideológica y una propuesta política sobre el uso del medio televisivo. Se trata además de un examen de las tecnologías alternativas y los usos alternativos.
Williams es realista respecto  al poder de las instituciones dominantes y la “codicia represora”. Sin embargo, a pesar de todo esto y  a  causa de su profundo compromiso con el proyecto humano en oposición al proyecto tecnológico, su obra se niega a la aceptación y a la resignación. Si las tecnologías son humanas  y si la institucionalización contemporánea de la televisión es solo una  -aunque ahora bien establecida- posibilidad entre otras, entonces es necesario continuar con la crítica y la intervención creativa en su incesante desarrollo. Las tecnologías llevan una doble vida y la televisión no es la excepción. Las tecnologías, sostiene Williams, son “los instrumentos contemporáneos de una larga revolución hacia una democracia educada y participativa”: un proyecto que Williams nunca perdió de vista; pero también son instrumentos de lo que él llama la contrarrevolución, mediante la cual las fuerzas del capital logran introducirse en las vetas más finas de nuestra vida cotidiana, mientras aparentan estar hablando de elección y competencia, mientras restringen las elecciones a sus posibilidades programadas.
 En 1974, Raymond Williams les pedía a sus lectores que reconocieran la inmediatez de la situación y la importancia de las decisiones que se tomaran entonces para formar el futuro de los medios de comunicación. Su apuesta apunta a una televisión accesible para todos desde el punto de vista económico; una televisión local, pero que permita una comunicación internacional.
Más que de utopía acerca del medio, creo que la de Williams es un utopía acerca de lo que los sujetos harán con ese medio: “Dentro de pocos años se tomarán decisiones –o se perderá la oportunidad de tomarlas- que en gran medida determinarán cuál de las rutas posibles tenemos más probabilidad de recorrer en lo que queda de este siglo”.
“Información, análisis, educación, discusión”: éstas son las condiciones previas para la acción, condiciones que Williams enumera a modo de invitación para el cambio en la última página del libro.
De nosotros depende la ruta que recorrerá no sólo la televisión sino el conjunto de los medios, residuales y emergentes.

 ESPACIO PÚBLICO Y OPINIÓN PÚBLICA EN  JÜRGEN HABERMAS

FICHA DE CÁTEDRA ELBORADA POR LA DRA. MARÍA MARTA LUJÁNCÁTEDRA DE HISTORIA DE LA COMUNICACIÓN, CARRERA DE CIENCIAS DE LA COMUNICACIÓN DE LA FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS U.N.T


Fuente: Habermas, Jürgen, Historia y crítica de la opinión pública. La tranformación estructural de la vida pública. Barcelona: Editorial Gustavo Gill. 2009

Jürgen Habermas nació en Düsseldorf y estudió en Gotinga, Zurich y Bonn; realizó el doctorado en Marburgo y trabajó como profesor de filosofía en Heidelberg y como profesor de filosofía y sociología de Frankfurt. De 1971 a 1980 fue director del Instituto Max Panck en Stamberg.
La múltiple y extensa obra de Habermas se extiende desde la década desde la década de los 60 hasta la actualidad. En 1961 publica Historia y crítica de la opinión pública. Más adelante, en 1981, da a conocer su Teoría de la acción comunicativa, que tuvo también una amplia repercusión en torno del estudio de los fenómenos vinculados a la racionalidad social, que analiza la capacidad comunicativa del lenguaje para alcanzar un concepto de racionalidad más comprensivo, a partir de la revisión del pensamiento sociológico contemporáneo.
Habermas Parte de los cambios producidos a partir del siglo XVI. La mercantilización de la cultura, junto con la separación institucional del Estado y de la sociedad civil, condujo a la aparición de una esfera pública desencantada. La desaparición de la sociedad feudad, la secularización y la separación de las esferas sociales preparó el camino para una sociedad potencialmente “más abierta”; las tradiciones culturales debieron despojarse del dogmatismo para poner a prueba la validez intersubjetiva los de los principios y las normas morales de acción a través de relaciones de poder más simétricas.
Desde los inicios de su obra, Habermas se interesó por la investigación sobre el espacio público y la opinión pública.
El espacio público se presenta como el lugar de surgimiento de  opinión pública, que puede ser manipulada y deformada, pero que constituye el eje de la cohesión social, de la construcción y legitimación (o deslegitimación) política.
Las libertades individuales y políticas dependen de la dinámica que se suscite en dicho espacio público.
En uno de sus primeros escritos, Habermas delimita el concepto de opinión pública con relación al espacio público:

Por espacio público entendemos un ámbito de nuestra vida social, en el que se puede construir algo así como opinión pública. La entrada está fundamentalmente abierta a todos los ciudadanos. En cada conversación en que los individuos privados se reúnen como público se constituye una porción de espacio público […] Los ciudadanos se comportan como público, cuando se reúnen y conciertan libremente, sin presiones y con la garantía de poder manifestar y publicar libremente su opinión sobre las oportunidades de actuar según intereses generales. En los casos de un público amplio, esta comunicación requiere medios de transferencia e influencia: periódicos y revistas, radio y TV son hoy tales medios del espacio público. (60)

Habermas hace hincapié en el carácter constitutivo de cualquier tipo de diálogo y de todo tipo de público en la formación de la trama de “lo público” y en la generación de opinión en torno a cuestiones muy diversas en las que distintas personas pueden tener intereses comunes. El espacio público no es un espacio político sino ciudadano, civil, del “mundo de la vida” y no de un determinado sistema o estructura social. Sin embargo, es evidente la importancia política de este campo de juego social:

Hablamos de espacio público político, distinguiéndolo del literario, cuando las discusiones públicas tienen que ver con objetos que dependen de la praxis del Estado. El poder del Estado es también el contratante del espacio público político, pero no su parte. Ciertamente, rige como poder “público”, pero ante todo muestra el atributo de la publicidad para su tarea, lo público, es decir, cuidar del bien general de todos los sujetos de derecho. Precisamente, cuando el ejercicio del dominio político se subordina efectivamente a la demanda pública democrática, logra  el espacio público político una influencia institucional en el gobierno por la vía del cuerpo legislativo.
El título “opinión pública” tiene que ver con la tarea de crítica y control, que el público de los ciudadanos de un Estado ejercen de manera informal (y también de manera formal en las elecciones periódicas) frente al dominio estatalmente organizado. (61-62)e

Habermas se remonta a la Grecia clásica y su organización social, en donde el elemento característico de la libertad y la igualdad consiste en el ejercicio de la discusión, en la “publicidad” que tiene lugar en el ágora y que se prolonga en la conversación entre ciudadanos, en las deliberaciones de los distintos tribunales, etc.
El autor sostiene que el desarrollo del capitalismo mercantil en el siglo XVI, junto con las cambiantes formas institucionales de poder político, crearon las condiciones para la emergencia de una nueva clase de esfera pública. El espacio público burgués se desarrolla en un campo de tensiones entre el Estado y la sociedad, de modo que él mismo no deja de ser parte del ámbito privado. Con la extensión de las relaciones de mercado durante el Renacimiento surge la esfera de lo “social”, que rompe las limitaciones del dominio señorial-estamental del la Alta Edad Media, obligando a la adopción de nuevas formas de administración pública.
En este contexto se comenzó a conformar el significado de “autoridad pública”. Remitió cada vez menos al dominio de la vida de la corte y cada vez más al de las actividades del sistema estatal que emergía definiendo legalmente las esferas de jurisdicción y el monopolio del legítimo uso de la violencia. Al mismo tiempo, la “sociedad civil” apareció como un dominio referido a las relaciones económicas privatizadas que estaban vinculadas al eje de la autoridad pública. El domino “privado” comprendió entonces ambas áreas que se extendían: la de las relaciones económicas y la de la esfera íntima de relaciones personales, que crecientemente se fueron separando de la actividad económica, y ampliaron la institución de la familia.
Entre el dominio de la autoridad pública o el Estado, por un lado, y el ámbito privado de la sociedad civil y las relaciones personales, por otro lado, apareció una nueva esfera que confluyeron en la discusión entre ellos mismos y las regulaciones de la sociedad civil y la conducta del Estado. Esta nueva esfera pública no era parte del Estado sino que, por el contrario, se trataba de una esfera en que las actividades estatales podían ser confrontadas y sometidas a crítica. El medio de confrontación era en sí mismo significativo: consistía en el uso público de la razón, un uso que era articulado por individuos privados comprometidos con el debate de los argumentos que eran en principio abiertos y sin restricciones: “El público raciocionante comienza a prevalecer frente la  publicidad autoritariamente reglamentada”.
Teniendo en cuenta la emergencia de la esfera pública burguesa, Habermas atribuye particular importancia al desarrollo de la prensa periódica, sobre todo la británica, pero establece ciertas peculiaridades respecto de las variantes continentales de Francia y Alemania. Los diarios críticos y los semanarios morales que comenzaron a aparecer en Europa en el fin del siglo XVII y durante el XVIII, brindaron un nuevo foro para el debate de la conducta del público. Mientras estas publicaciones a menudo surgieron como periódicos dedicados a la crítica cultural y literaria, crecientemente se comprometieron con temas generales de significación social y política. Una variedad de centros de socialización apareció en la Europa moderna. Incluían los salones y cafés que, desde mediados del siglo XVII, se convirtieron en centros de discusión y ámbitos en los que las elites educadas podían relacionarse entre sí y con la nobleza desde una perspectiva más igualitaria.
En Inglaterra y en el inicio del siglo XVIII se produjeron las condiciones más favorables para el surgimiento de la esfera pública burguesa. La censura y el control político de la prensa eran menos fuertes que en otros sitios, y los diarios y periódicos se extendieron. Al mismo tiempo proliferaron los cafés; en la primera década del siglo XVIII existían cerca de tres mil sólo en Londres, cada uno con un núcleo regular de habitués. Algunos de estos nuevos periódicos estaban relacionados con las vidas de los cafés y eran leídos y discutidos por individuos que iban juntos a debatir temas del día. Parte del argumento de Habermas es que la discusión crítica estimulada por la prensa periódica hizo impacto en la transformación de la forma institucional de los Estados modernos. El Parlamento también asumió más responsabilidades frente a la prensa y comenzó a jugar un papel más constructivo en la formación y articulación de la opinión pública. Estos y otros desarrollos fueron de considerable significación. Son un firme testimonio del impacto político de la opinión pública burguesa y del papel que jugaron en la formación de los Estados occidentales.

Hay, entonces, una “publicidad” gubernamental vinculada a la estructura de lo público, y la publicación relacionada con la opinión de un público constituido como un conjunto de personas privadas, ciudadanos burgueses que paulatinamente proyectan su racionalidad en diversos aspectos sociales y se afirman como jueces de las decisiones políticas:

La publicidad política media, a través de la opinión pública, entre el Estado y las necesidades de la sociedad. (42)

El antagonismo entre la sociedad civil y estructura estatal impulsa una dialéctica en la que la prensa y los medios de comunicación social tienen un papel protagonista, al mismo tiempo que convierten los mensajes en mercancía y la función social de la comunicación en instrumento de creación de riqueza y de influencia política.
En el siglo XVIII se lleva a la práctica política y ciudadana la idea de que la racionalidad no deriva de principios abstractos absolutos, sino que se desarrolla a partir de la contrastación de opiniones sobre la verdad y justicia, de manera que es inseparable de la discusión pública. Frente a la publicidad reglamentada por los poderes públicos, surge la publicidad crítica, que proclama la necesidad de enjuiciamiento público de los intereses generales y las actuaciones gubernamentales:

El debate está encargado de reconducir las voluntades a ratio, ratio que se elabora en la concurrencia pública de argumentos privados en calidad de consenso acerca de lo prácticamente necesario en el interés nacional (156)

Las leyes y las decisiones políticas requieren una justificación que sólo pueden encontrar en la fuerza de la razón, una razón que se hace manifiesta en el debate de la opinión pública. El uso público de la razón tiene el poder de la fuerza coactiva de la no-coacción.
Sin embargo, Habermas también sostiene que, en la forma específica en la que existió en el siglo XVIII, la esfera pública burguesa no duró mucho. Los siguientes desarrollos llevaron gradualmente a su transformación y caída. Con el tiempo, el periodismo se fue transformando a causa de las expectativas comerciales que hicieron que su formación informativa y polémica se sustituyera por la intención de convertirse en un negocio redituable.
En la segunda mitad del siglo XIX y en el siglo XX se producen los grandes y radicales enfrentamientos de clase, se pasa a la sociedad de masas y a la cultura tecnológica; se generan nuevas formas de creación y acceso a la riqueza, produciendo por tanto,  cambios sociales significativos. La publicidad, el ámbito de lo público y el ámbito de lo privado se encuentran en la encrucijada de la multiplicación de los medios, la privatización de los mismos, las manipulaciones de distinto signo, etc.
La separación del Estado y la sociedad civil –que había creado un espacio institucional para la esfera pública burguesa-comenzó a quebrarse tan pronto los Estados asumieron un creciente carácter intervencionista y tomaron cada vez más responsabilidades  en el manejo del bienestar de los ciudadanos, a la vez que grupos de interés organizados se convirtieron crecientemente en promotores de los procesos políticos que se desencadenaban.
La comercialización de los medios altera el carácter de la esfera pública en un sentido fundamental. Lo que fue una vez un foro de debate racional y de crítica se transforma en otro ámbito de consumo cultural, y la esfera pública burguesa colapsa en un mundo de creación simulada de imágenes y manejo de opiniones. La vida pública adopta un carácter cuasifeudal y de ese modo, hoy los nuevos medios tecnológicos son empleados para dotar a la autoridad pública con un tipo de aura y prestigio que alguna vez tuvieron las figuras reales a través de la escenificación pública de las cortes feudales. Esta “refeudalización de la esfera pública” convierte a la política en un espectáculo manejado en el que los líderes y partidos políticos buscan, periódicamente, el consenso y la aclamación de una población despolitizada. La masa de la población es excluida de la discusión pública y del proceso de decisión, y es tratada como una fuente manejada en la que los líderes populares pueden sacar, con la ayuda de los medios técnicos, suficiente consentimiento para legitimar sus conductas y posiciones.
En el siglo XX, y de manera especial desde la aparición de la televisión, la conducta de los políticos se ha convertido en inseparable del manejo de las relaciones públicas.
El problema de la igualdad real, la igualdad de oportunidades en un sentido empírico e histórico sigue en pie, incluso para algo tan fundamental como la libertad de expresión y la formación de una opinión pública verdaderamente significativa.

La estatalización de lo público y su amenazante intromisión en todos los ámbitos de la vida del ciudadano se ha apoyado en la transformación paulatina de los medios de comunicación en instrumentos de entretenimiento y dominación de las masas.
De la publicidad como información y manifestación de opinión se ha pasado a una situación en la que el público se ha escindido en minorías de especialistas no públicamente raciocinantes, por un lado, y en la gran masa de consumidores receptivos, por el otro: “Con ello se ha minado definitivamente la forma de comunicación específica del público”. ¿Medios de comunicación o medios de propaganda? La publicidad crítica es desplazada por la publicidad manipuladora:

Como es natural, el consenso fabricado tiene poco en común con la opinión pública, con la unanimidad final resultante de un largo proceso de recíproca ilustración, porque “el interés general” sobre cuya base […] podía llegar a producirse libremente una coincidencia racional entre las opiniones públicamente concurrentes, ha ido desapareciendo exactamente en la medida en que la autorepresentación publicística de intereses privados privilegiados se lo iba apropiando”. (222).

La apelación a un individuo autónomo capaz de dotarse de leyes universales, en el sentido en que se conecta la ley moral y la ley política mediante un proceso de formación de opinión y de voluntad general, se enfrenta a una situación histórica en la que incluso la formación de un individuo autónomo y su voluntad personal, no parecen estar garantizados, y mucho menos, por supuesto, la formación de una voluntad general democráticamente instituida.
Habermas constata que la dinámica social que vivimos presenta rasgos de “refeudalización”.
El sujeto político de nuestra sociedad de masas no es el individuo del liberalismo, sino de los grupos sociales y de las asociaciones que desde los intereses de determinados sectores privados influyen en funciones y decisiones políticas, o, también, al contrario, desde las instancias políticas intervienen en el tráfico mercantil y en la dinámica del mundo de la vida, de especial incidencia en el ámbito de la privacidad. Privatización de lo público, politización de lo privado: transgresión múltiple de una delimitación legal y éticamente tipificada.

A pesar de los aspectos negativos y de la dificultad que presenta la pervivencia y desarrollo de una publicidad crítica en la sociedad de masas, Habermas insta al desarrollo de las posibilidades existentes dada su importancia fundamental para la realización de la democracia.
Para el autor, sólo una publicidad crítica permitirá la expresión de los conflictos reales y la superación de los mismos por la generación de consensos, de voluntad común. Ha de ser el contrapeso necesario a las formas de presión y coacción del poder, que tiende siempre a superponerse opresivamente sobre la realidad social.
La publicidad crítica ejercida por la sociedad civil respecto de los Aparatos del Estado, sus formas de organización y ejecución, constituyen elementos fundamentales de la vida pública democrática.
En las décadas del 70 y el 80, Habermas articuló su teoría de la acción comunicativa, en la que presenta la discusión pública como la única posibilidad de superar los conflictos sociales, gracias a la búsqueda de consensos que permitan el acuerdo y la cooperación a pesar de los disensos. En su texto Facticidad y validez, de 1992, considera a la opinión pública una pieza clave de su propuesta de política deliberativa, una alternativa para superar los déficits democráticos de las políticas contemporáneas.
Contra ciertas teorías posmodernas del discurso, Habermas insiste en su posición: los discursos no dominan por sí mismos, sino que es su fuerza comunicativa la que influye y permite determinados tipos de legitimación; este poder de la comunicación no puede ser suplantado por acciones instrumentales:

El espacio de la opinión pública, como mejor puede describirse es como una red para la comunicación de contenidos y tomas de postura, es decir, de opiniones, y en él los flujos de comunicación quedan filtrados y sintetizados de tal suerte que se condensan en opiniones públicas agavilladas en torno a temas específicos.[1]

Los ciudadanos son “portadores del espacio público” y en él expresan problemas de los distintos ámbitos de su vida privada. El medio propio es la interacción comunicativa; este intercambio comunicativo produce argumentos, influencias, opiniones.
Las opiniones públicas puede manipularse e instrumentalizarse, pero a costa de perder de vista la realidad propia de los individuos, el sentido de sus vidas y su inter-dependencia dentro de un mundo simbólico compartido; a costa también de sustraerse a la eficacia de una legitimación racional.
Cuando el espacio de juego no permite la sinceridad en las expresiones y las críticas abiertas, se pierde la capacidad de interacción entre los agentes sociales y la articulación necesaria entre ellos (la integración social); las opiniones públicas pueden manipularse, pero ni pueden comprarse públicamente, ni tampoco arrancárselas al público mediante un evidente ejercicio de presión pública.
De la vitalidad del espacio de la opinión pública y la verdadera autonomía de la voluntad de los ciudadanos dependen la legitimación de las decisiones políticas y la regulación de la cohesión social.
En la actualidad, dice Habermas, los medios de comunicación desempeñan un papel que en muchos casos, sirve tan solo a los intereses de grupos poderosos económica y socialmente, de manera que su ocupación y depredación del espacio público pueden ser altamente distorsionadoras de la realidad humana. Habermas critica la instrumentalización de los medios de comunicación de masas, pero afirma que nos se tiene un conocimiento global de su incidencia y que en cualquier caso, las instituciones deben regular y corregir los excesos, haciendo efectivo el respeto y la promoción de los derechos humanos.
Desde una perspectiva pragmático-discursiva y utópica, Habermas ofrece conceptos críticos de la situación presente y permite establecer objetivos futuros realizables (o no) en función del desarrollo concreto de las capacidades discursivas (personales y colectivas) y cooperativas compartidas por los ciudadanos. 



[1] Habermas, Jürgen, Facticidad y validez. Madrid: Trotta. Pag. 440.





Raymond Williams y la Historia de la comunicación.

Ficha de cátedra elaborada por la Dra. María Marta Luján


Los estudios culturales ingleses incluyen pensadores como Raymond Williams, E. P. Thompson, Stuart Hall, Richard Hoggart, entre otros. El contexto en el cual emergen los Estudios Culturales ingleses contemporáneos se remonta al momento de la posguerra, cuando se producen importantes cambios culturales, económicos y políticos propios del Estado de Bienestar en Inglaterra. La expansión de las oportunidades de la educación luego de la guerra y la extensión de la educación de los adultos tuvieron efecto sobre las clases subalternas que no habían heredado la tradición intelectual. Justamente, Williams, Hoggart y Hall trabajaron en la educación para adultos. Esta circunstancia motivó un interés creciente por comprender las formas de la vida diaria, el estudio de la cotidianidad, en la cual parecen encontrarse los rasgos de una cultura persistente de la clase trabajadora frente a la creciente expansión de la cultura de masas o mercado.
Williams proviene de la clase obrera y también dedica sus años de inicio intelectual a la educación de adultos como tutor para la Universidad de Oxford.
Los aportes de Raymond Williams a los estudios de la comunicación se vinculan, fundamentalmente, a su postura superadora en relación a una historia de la comunicación centrada en las técnicas, las herramientas o aparatos, que él concibió como un “determinismo tecnológico”, y que lee la evolución humana en términos de desarrollo de los avances tecnológicos. (Propuesta de Marshall Mc. Luhan). Tal postura adscribe a la tecnología un conjunto de intenciones y efectos independientes de la Historia.
A contrapelo de esta tradición en los análisis de los medios, Williams sostiene que el desarrollo tecnológico encuentra su espacio sólo en la medida en que se vincula con el orden social de una época; responde a ciertas necesidades sin las cuales tal desarrollo no se hubiera producido; a su vez, las nuevas modalidades comunicativas provocan efectos en las conductas de las audiencias, generan procesos sociales y culturales –su reproducción o transformación- que son variables a través de tiempo. El producto de esa relación (tecnologías sociedad/cultura/) es lo historizable.
Por ejemplo, cuando surge la escritura, surge una nueva técnica de la comunicación, otro medio para la transmisión de mensajes. Pero las contribuciones de la escritura no se quedan ahí, también aporta al desarrollo de la economía, permite cuantificar y registrar la producción. Desde este punto de vista, Williams señala que la escritura facilita “la identificación de mercaderías, el registro de tipos y cantidades de bienes, el cálculo de beneficios y pérdidas”.
La escritura, en su avance constante, desencadena cambios tecnológicos acordes a las transformaciones en los sistemas de comunicación (poco a poco, se desarrolla el barro, el papiro, el pergamino, el papel, y hoy la computadora).                                                                                                                                                                                                           En este aspecto que atañe a los cambios tecnológicos, Williams hace una diferencia entre técnica y tecnología:
La técnica de la escritura es una cosa, pero la tecnología de la escritura implicó, no sólo el desarrollo de instrumentos y materiales de escritura, sino también el desarrollo de un cuerpo amplio de conocimientos, y especialmente de la habilidad para leer, que en la práctica, era inseparable de las formas más generales de organización social.  (Williams, Vol. II, 1981:190).
En opinión de Williams, la escritura como sistema constituye:
…un paso trascendental en la historia de la humanidad. Nos permitió liberarnos, no sólo de las limitaciones del tiempo y del espacio en la transmisión de mensajes, sino también de las limitaciones de lo que un hombre podía pensar y recordar en la adquisición de conocimientos. (Williams, Vol.I, 1981:64).
 La escritura permite al hombre que sus ideas - sin su presencia física - puedan llegar a otros hombres e intercambiarse, independientemente del espacio físico y del tiempo. En primera y en última instancia, la escritura hace que el hombre avance en su pensamiento.
Hoy estamos presenciando cambios trascendentales en los sistemas de comunicación, como lo fue en su momento la creación de la escritura, luego la imprenta, y en este siglo, la computadora. Aunque las Nuevas Tecnologías de la Información sean un componente vital, en última instancia, son una parte de la producción social, que es la que está sufriendo la gran transformación. De esto se deduce – según Williams- que “ningún adelanto tecnológico existe por sí mismo, sino que lo hace en función de las circunstancias en las que se encuentra inmerso”.
Para comprender los medios de comunicación, su tecnología y su producción, se debe historizar, se debe considerar su articulación con el conjunto específico de
intereses dentro de un orden social; tal articulación debe ser leída en sus cambios a través del tiempo.
Por ello, una historia material de la cultura y una historia cultural de la comunicación, deben restablecer los diferentes momentos culturales y sus “estructuras de sentimiento”;
El concepto de estructura de sentimiento sirve para caracterizar la experiencia de la cualidad de la vida en un tiempo y espacio determinado, es la cultura de un momento histórico particular, evoca un conjunto común de percepciones y valores compartidos por una generación. La estructura de sentimiento es una cultura vivida y experimentada por un grupo, sólo accesible a éste y con la posibilidad de ser observada con la ayuda del tiempo.
La Historia debe  ser analizada como un proceso de cambio dinámico; las estructuras de sentimiento cambian históricamente y emergen formas dominantes pero también opositoras. El proceso histórico es siempre un proceso cambiante y en movimiento, considerando que las prácticas pueden ser dominantes, residuales o emergentes.
Lo dominante implica aquello que  es caracterizado por los rasgos de un sistema cultural; lo residual es lo que ha sido formado efectivamente en el pasado, pero  todavía se halla en actividad dentro del proceso cultural (no sólo como elemento del pasado sino como un efectivo elemento del presente); lo emergente son los nuevos significados y valores, nuevas prácticas, nuevas relaciones y tipos de relaciones que se crean continuamente.
Williams pone el acento en la noción de conflicto, diferencia y contradicción, hace hincapié en la capacidad humana de cambio por sobre sus determinaciones.
Su argumento de que una cultura está compuesta por un conjunto de relaciones entre formas dominantes, residuales y emergentes es un modo de enfatizar la cualidad desigual y dinámica de un momento determinado; representa un alejamiento de los análisis de épocas históricas donde los períodos o estadios de la historia se suceden unos a otros y cada época se caracteriza por un modo dominante o espíritu de tiempo. Cada época no sólo consiste en diferentes variaciones o estadios, sino que cada punto está compuesto también por un proceso de relaciones dinámicas y contradictorias en el juego de las formas dominantes, residuales y emergentes. Esto abre un espacio para analizar el rol que las identidades y los movimientos subversivos y de oposición desempeñan en la cultura dominante, y cuál es su eficacia para cambiarla.
Ni las relaciones residuales o emergentes existen de manera simple, “dentro de” o “junto a” la cultura dominante. Se verifican procesos de tensión continua, que pueden tomar tanto la forma de la incorporación, como de la oposición dentro de ella. Las formas residuales son diferentes de las arcaicas porque aún están vivas, tienen uso y relevancia dentro de la cultura contemporánea; representan a una institución o a una tradición que aún está activa como memoria en el presente, y puede tanto apoyar la cultura dominante como proporcionar los recursos para una alternativa o una oposición a ella. El surgimiento del extremismo religioso en diversas partes del mundo es un ejemplo de forma residual que desafía a la hegemonía del capitalismo liberal en Occidente.
Por ejemplo, mucho después del surgimiento de la escritura como medio, seguían desarrollándose prácticas de comunicación oral, que interactuaban con el texto escrito o lo utilizaban como fuente. Otro ejemplo lo constituye el periodismo escrito, una forma comunicativa residual pero activa, aún vigente en la época de internet.
La Historia material de la comunicación propuesta por Williams, se inscribe en el marco del materialismo cultural, un método de análisis desde el cual se intenta observar las implicaciones de la cultura dentro de procesos históricos y de cambios sociales. Desde esta postura, Williams discute al marxismo ortodoxo por distintas razones: la reducción de la superestructura a un mero reflejo de la base material, la abstracción del proceso histórico, la visión de las necesidades humanas como meras necesidades económicas y no sociales, la marginación de lo cultural dentro de la organización económica. Por su parte, Williams verá que todas las prácticas son sociales y que contienen elementos tanto materiales como simbólicos; señalará la importancia del componente material, la materialización de lo simbólico en la base de la vida material y de la experiencia social y, por lo tanto, su presencia dentro de las relaciones sociales y productivas. Su texto Marxismo y Literatura se puede ver como una respuesta al marxismo de la época, que tiende a privilegiar la base económica, a ver a la cultura como un simple reflejo y que constituye una visión mecanicista del cambio cultural.
Sin embargo, existe un vínculo entre materialismo cultural y materialismo dialéctico e histórico: el concepto de materialismo cultural es materialista porque sugiere que los artefactos, las instituciones y las prácticas culturales están, en cierto sentido, determinados por procesos “materiales”; es cultural porque insiste que no hay una realidad cruda y material más allá de la que sustenta la cultura, la cual, en sí misma, es material.
De esta manera, Williams acepta “la fuerza organizadora del elemento económico” pero enfatizando los problemas “superestructurales” como históricos, es decir, que no son reflejo de cierta estructura económica, sino más bien la interacción de elementos complejos, en donde conviven rupturas y continuidades e incluso autonomías limitadas.
Williams concibió al materialismo cultural como un método y como un término crítico; si bien no negó su origen y extracción marxista, fue insistente en el hecho de evitar nociones rígidas. El materialismo cultural se desarrolla a partir del materialismo histórico, pero es crítico respecto del  determinismo económico, y, en particular, de la división jerárquica Base/Superestructura, por la cual las instituciones políticas, las formas culturales y las prácticas sociales se ven en tanto reflejos y están gobernadas por fuerzas o relaciones económicas. Williams destaca la necesidad de que se considere a la “base” y a la “superestructura” como un proceso que incorpora diferentes tipos de relaciones, más que como una estructura invariable. Subraya la importancia de desarrollar una teoría del poder y de la ideología que pueda abarcar una gama de formas de producción. Se pregunta, por ejemplo, por qué el pianista debe ser considerado menos productivo que el fabricante del piano.
El Materialismo cultural sostiene que toda la teoría de la cultura (no sólo la marxista) que presuponga una diferencia entre arte y sociedad, o literatura y contexto, o comunicación y economía, está negando que la cultura –sus métodos de producción, sus formas, instituciones y tipos de consumo- son centrales para la sociedad. Las formas culturales nunca deben verse como textos aislados, sino incorporados dentro de relaciones y procesos históricos-materiales que los constituyen y dentro de los cuales desempeñan una función esencial.
El argumento de Williams sobre que los medios de comunicación son esencialmente medios de producción, en lugar de estar subordinados a un proceso primario más “real”, es crucial para esta perspectiva. La comunicación humana (sean las formas naturales, como el habla, las canciones, la danza y el teatro o los medios tecnológicos) es socialmente productiva en sí, dado que es reproductiva; además, es similar a otros procesos productivos. Las tecnologías de producción cultural tienen una función crucial en la modelación de formas e instituciones culturales, pero no las determinan.
En cuanto a la comunicación y los medios, hay que considerar cómo la de Williams supera la visión canónica de la comunicación. Primero, la convencional (el modelo de Lasswell) caracterizada por una visión claramente lineal, por una perspectiva más “tensa” , en la que la comunicación se entiende como proceso de negociación e intercambio de significados, a través de los cuales interactúan las “realidades y personas dentro de culturas”, lo que permite la emergencia y producción de significados.
La noción de comunicación tiene en Williams una perspectiva materialista y cultural que renuncia a determinismos tecnológicos. La cultura posee una dimensión individual y colectiva de significados, valores, implica concepciones del mundo, formas de sentir y actuar, las cuales se encarnan en el lenguaje y se enmarcan dentro de las instituciones sociales concretas, determinadas por circunstancias materiales.
La historia de los medios de comunicación se relaciona con la historia de la producción cultural, la cual se encuentra vinculada a las condiciones materiales de las instituciones sociales, a las relaciones con distintas fuerzas de producción, a las formas sociales particulares y al desarrollo simbólico de la sociedad.
En su libro Historia de la Comunicación, Williams sostiene que “todas las sociedades dependen de los procesos de comunicación y, en un sentido importante, se puede decir que se fundan en estos”. También se refiere a los usos que el hombre ha dado históricamente a los sistemas de comunicaciones y expresa que “lo que ha alterado nuestro mundo no es la televisión, ni la radio, ni la imprenta como tales, sino los usos que se les da en cada sociedad”. Cuando reflexionamos sobre estos inventos - que nos demostraron ser eficaces -, estamos replanteando la forma de pensar la comunicación. Más específicamente, el intentar entender las comunicaciones  siempre como una forma de relación social, y los sistemas de comunicaciones como instituciones sociales.
El interés creciente de Williams por el estudio de la comunicación y el universo tecnológico que lo constituye está presente tanto en el libro Comunications como en Televisión: tecnología y forma cultural. Una idea más o menos explícita  recorre estos textos: la tecnología con que un determinado acontecimiento cultural (libro, obra de teatro, programa de televisión) es producido, impone o determina nuevas formas de expresión y de elaboración. Por lo tanto, el contenido está intrínsecamente relacionado con la estructura que lo produce. Justamente en este trabajo de 1974, focaliza su atención de modo específico en los programas de televisión, analizando la estructura tecnológica del medio y cómo ésta trabaja para determinar formas características de la televisión.
Su idea es aún más interesante cuando la vemos con mayor profundidad: Williams sostiene que más allá de las distinciones que se pudieran realizar entre programas a través de una guía, la difusión de Tv no está organizada sobre unidades discretas (programas). Argumenta que la multiplicidad de formas de programas no está diferenciada sino que está incorporada dentro de un flujo:

Lo que se ofrece, no es, en viejos términos, un programa de unidades discretas con una particular inserción, sino un planificado flujo, en el cual la verdadera serie no es la publicada secuencia de ítems de programas sino las secuencias transformadas por la inclusión de otra clase de secuencia, así que estas secuencias juntas componen el flujo real, la real broadcasting  (difusión). (Williams; 2011: 120)

Finalmente, Williams admite que este proceder tecnológico de la televisión provoca efectos en las conductas de la audiencia, siendo esta relación variable a través del tiempo. En este análisis puede observarse cómo la crítica a lo existente y el reconocimiento de las posibilidades abiertas por las nuevas tecnologías  son parte de un mismo movimiento en la propuesta de la creación de una cultura socialista. Como toda forma histórica, las modernas formas de la comunicación están sujetas al cambio
Los medios de comunicación aparecen en la obra de Williams como una de las instituciones modernas fundamentales y claves dentro de las formas y las relaciones de producción, no sólo en sus bases económicas y tecnológicas, sino en la producción y la distribución de sistemas simbólicos que se transmiten mediante ideas, imágenes, informaciones y actitudes.

Bibliografía:

Williams Raymond 1992: “Introducción” en  Introducción a la Historia de la Comunicación Social .Vol.I. Ed. Raymond Williams. Barcelona: Bosch Comunicación. Pags. 19-43.
Williams Raymond 1992: “Tecnologías de la comunicación e instituciones sociales” en: Historia de la comunicación. Vol. II. Ed. Raymond Williams. Barcelona: Bosch Comunicación. Pags. 181-209.
Williams, Raymond 1980 [1977]: Marxismo y literatura. Barcelona: Península.
Williams, Raymond 1994 [1981]Sociología de la cultura. Barcelona: Paidós.
Williams, Raymond 2011: Televisión: tecnología y forma cultural. Buenos Aires: Paidós.
Williams, Raymond 1975:The Long Revolution. Londres: Penguin.